Julian Assange: sus días de hacker y okupa, y cómo se transformó en el hombre más buscado por la justicia

“La verdad amordazada”, su autobiografía no autorizada

El 28 de noviembre de 2010 es una fecha que el Departamento de Estado de Estados Unidos recordará por un largo tiempo. Ese día, 251.287 documentos secretos de la organización se hicieron públicos en la web -la mayoría de ellos eran informes de la situación política en países de América Latina y África- causando revuelo mundial. Un duro golpe a la seguridad informática del gigante norteamericano.

El hombre detrás de la masiva filtración -que fue bautizada como ” cablegate ” – era el fundador de WikiLeaks, el australiano Julian Assange. Automáticamente, en ese instante, se transformó en una de las personas más buscadas del mundo.

Casi un mes después de este episodio, el activista digital firmaba un contrato para la publicación de una autobiografía con la editorial escocesa Cannongate Books. “Espero que este libro se convierta en uno de los documentos emblemáticos de nuestra generación”, dijo en aquella ocasión.

Sin embargo, en junio de 2011, Assange echó pie atrás a su decisión y quiso cancelar el acuerdo, pese a que ya se habían realizado más de 50 horas de entrevistas para el libro. Pero ya era tarde. Parte del dinero por la publicación ya había sido pagado e, incluso, el activista australiano había gastado gran parte de él en su defensa judicial por la filtración de documentos. Así, Cannongate Books decidió seguir adelante con el libro, como un borrador no autorizado en el que el personaje cuenta su vida en primera persona.

“El Mercurio” tuvo acceso al texto que este mes, en el que el fundador de WikiLeaks volvió a hacer noticia al asilarse en la Embajada de Ecuador en Inglaterra, será publicado en Chile por Catalonia con el título de “La verdad amordazada”.

Nace un hacker

El relato de Assange comienza en la cárcel de Wandsworth, donde fue llevado, provisionalmente, luego de su detención por el “cablegate”. El mismo presidio donde, en 1895, estuvo encerrado el escritor irlandés Oscar Wilde. Y Assange dice que se acordó de su figura mientras duró su reclusión.

“Mi abogado me dijo que me metieron en la misma celda que ocupó. No estoy del todo seguro de que fuera así, pero sí estoy convencido de que el espíritu de Wilde, el de su lucha contra los prejuicios, todavía flota en el aire de esas mazmorras. Él fue horriblemente maltratado”, dice, en la primera de varias referencias a lo largo del texto que hace a los escritores que lo marcaron.

De ahí en adelante, el activista australiano se embarca en una narración cronológica de su vida, partiendo por su infancia en Magnetic Island junto a su madre -“de ella aprendí que el inconformismo es la única pasión verdadera que vale la pena que gobierne tu vida”, dice-, hasta la fundación de WikiLeaks y las revelaciones del ” cablegate ” . Es en esa época donde asegura que surgió en él la convicción de que “si había reglas, estaban ahí para ser violadas”.

La importancia que tuvieron los computadores en su vida ocupa varias páginas en el libro. Según el mismo Assange, se transformaron en un refugio a sus problemas familiares. Nunca conoció a su padre biológico; su madre y su padre adoptivo se separaron cuando él tenía nueve años, y luego tuvo que soportar que otro padrastro golpeara a su madre. Ello, junto a los constantes cambios de ciudad -“eso era ya la mayor parte del tiempo: el nuevo”-, por lo que nunca pudo desarrollar amistades duraderas. “A los dieciséis años me senté ante mi ordenador y empecé a dejar atrás todo lo demás (…) El ordenador y yo nos fundimos en un solo ser (…) Una nueva vida ardía dentro de mí”, dice Assange.

Pero lo que realmente cambió su forma de mirar el mundo, y finalmente lo transformó en un hacker , fue la aparición de los módems.

“A los pocos días de haber recibido mi primer módem, desarrollé un software que permitía comunicar al mundo entero la manera de buscar otros módems. Posibilitaba rastrear los barrios de negocios de las ciudades australianas, y más adelante de otras partes del mundo, y averiguar qué ordenadores tenían módem (…) Queríamos averiguar qué había allí dentro. Necesitábamos vivir las grandes emociones que se sienten cuando logras cruzar al otro lado de la valla y consigues meterte dentro del recinto. La emoción de introducirse en el mundo de los adultos y estar dispuesto a desafiarlo”, cuenta.

Luego de esto dejó de dormir, comía poco y estaba obsesionado. Sus conocidos empezaron a decir que sufría del síndrome de Asperger o era autista. Para él, sólo sufría la enfermedad del hacker . Todas las noches, usando el alias de Mendax -palabra tomada de los libros del poeta romano Horacio-, prendía el computador y soñaba con “poner el mundo en su sitio” y saltar lo que para él eran “barreras siniestras”, erigidas para limitar la libertad de la gente.

“Cuando en las casas se apagaban los televisores, cuando los padres se iban a la cama, un batallón de jovencísimos hackers se colaba en las redes y trataba de provocar una transformación en la relación entre los individuos y el Estado, entre la información y el gobierno”, cuenta en el libro.

Para ese entonces Assange tenía 16 años. Pero los blancos de sus ataques eran mucho mayores: el Pentágono, la NASA y la empresa de comunicaciones canadiense Nortel.

El rebelde; el “ciberpunk”

Por la magnitud de sus actividades, Assange teme que la policía llegue hasta la casa de su madre, por lo que junto a su novia deciden irse al centro de la ciudad a vivir como okupas y así impedir que pudiesen rastrearlo con facilidad. En esa época, él se define como un “ciberpunk”, -“los rebeldes de los códigos”-. “Llegamos a saber que la criptografía podía contribuir de forma muy seria a provocar cambios políticos”, relata.

Poco a poco se dio cuenta de que quería que el público supiera de sus actividades. Así, Assange cuenta que una vez conoció a un famoso hacker australiano que había llamado al New York Times para alardear sobre sus trabajos. Recuerda que cuando tuvo la oportunidad se acercó a él, lo felicitó y le dijo: “Soy Mendax. Voy a hacer lo mismo que tú, pero iré hasta el final”.

En eso estaba cuando, en 1992, en una de sus entradas a la red de Nortel, lo descubrieron. No pasó mucho tiempo hasta que la policía lo apresó en su casa.

Además, Assange dice ser un “ávido lector”, puesto que “la literatura puede proporcionarte una visión del mundo que lo convierte en un lugar más comprensible”.

Fue así como, mientras esperaba el juicio por la infiltración a la red de Nortel descubrió al autor que más menciona en el libro, el escritor e historiador ruso Alexander Solzhenitsyn. “Su libro ‘El primer círculo’ me permitió comprender el significado del término empatía y me proporcionó mucha fuerza interior”, dice.

Con este ánimo enfrentó un juicio que, él pensaba, le sería muy desfavorable. Sin embargo no hubo pena de cárcel, lo que reforzó sus objetivos.

Cómo se gestó el “cablegate”

Casi diez años estuvo Assange preparándose, averiguando y aprendiendo sobre las estructuras de poder, hackeando a distintas organizaciones y, según dice, descubriendo sus secretos.

Sólo en 2006 consideró que estaba listo para enfrentarlas directamente. Listo para crear WikiLeaks.

Con un equipo de cinco personas, filtró su primer documento, procedente de Somalia, en el que se denunciaba la persecución de musulmanes en ese país africano. No hubo mayor impacto en la opinión pública.

En esos primeros meses, según cuenta en el libro, Assange vivía con lo justo. “Tenía una bolsa de calcetines y ropa interior, y otra bolsa más grande con portátiles y cables, y eso era todo”, dice. Al mismo tiempo, viajaba seguido a ciudades como París y Londres en busca de voluntarios, que sólo colaboraban un breve tiempo.

Lanzó la filtración sobre los abusos en la cárcel de Guantánamo y luego otro sobre la estrategia estadounidense en Irak. Pero ninguno de estos episodios, pese a la importancia que Assange les daba, tuvo repercusión. Sin embargo, la organización comenzó a recibir cada vez más información de otros hackers y fuentes alrededor del mundo.

“¿Cuáles son los parámetros inconmovibles del periodismo moderno? Las ventas, el éxito y las exclusivas. Y yo debía conocer bien todos esos parámetros para conseguir que las historias que iba a filtrar posteriormente tuvieran la debida repercusión”, cuenta.

Por eso, decidió asociarse con los medios que, en ese momento, le parecieron los idóneos: Le Monde, El País, Der Spiegel y The Guardian. El “cablegate” se estaba gestando.

“Al comienzo de nuestras relaciones con los medios convencionales, supe que en un momento u otro llegaría a ofrecerles la posibilidad de publicar un gigantesco alijo de cables diplomáticos, que nos habían hecho llegar hacía un tiempo (…) Esta filtración cambiaría nuestro modo de comprender qué hacen nuestros gobiernos y por qué”, dice en el libro.

La negociación para publicar los cables, sin embargo, no fue fácil, pues los cuatro medios querían adelantar la fecha de publicación por miedo a filtraciones. Assange no aceptó. No estaban preparados.

Pero esta situación no era el problema mayor. Desde el principio, el trato con los medios no incluía al New York Times, que se había ganado la enemistad del fundador de WikiLeaks por un caso anterior. Pero The Guardian incumplió ese pacto.

“Lo único que les interesaba era que The New York Times les ayudara a fortalecer sus propias defensas, y en cuanto a WikiLeaks, ya podía salir a buscar el primer árbol y colgarse de él”, narra el activista.

El día que se enteró de que el diario estadounidense tenía una copia de los archivos, Assange cuenta que entró a la oficina del director de The Guardian y habló a gritos. En ese momento, la relación estuvo a punto de romperse.

“Les dejé entender que pensaba entregar todo el material a Associated Press, Al Jazeera y al grupo News Corp. No deseaba hacerlo, pero si ellos no aceptaban mis condiciones, les aseguré que lo haría”, relata. Finalmente impuso sus condiciones, incluso al New York Times. “Debíamos ir publicando las historias de una en una. Las más importantes, sin incluir ninguna sobre Israel o Cuba para evitar una reacción exagerada de Estados Unidos”, continúa.

Assange y su equipo tuvieron un mes para ordenar los cables. El resto es historia conocida. Y desde ese momento, el activista ya no quiso seguir narrando su historia.

http://www.mer.cl/Pages/SearchResults.aspx?ST=hacker&SF=&SD=17-08-2012&ED=16-09-2012&NewsID=76966&IsExternalSite=False

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